sábado, 16 de julio de 2016

Trotsky: El fatal destino de un revolucionario





Trotsky: El fatal destino de un revolucionario




 “Siento que esto es el fin. Esta vez lo han logrado”, musitó, malherido, el revolucionario ruso Lev Davidovich Bronstein, también conocido como León Trotsky. Había sufrido una brutal agresión; mortífera, en este caso. Apenas podía mantenerse en pie. Era la tarde del 20 de agosto de 1940…

Su esposa, Natalia Sedova, lo atendió presurosamente para detener la hemorragia. Le puso hielo en la herida y le limpió la cara. Mientras tanto, Jaime Ramón Mercader del Río, el hombre que minutos antes había perforado la cabeza del líder bolchevique con un piolet, recibía una inmisericorde golpiza de los guardias que custodiaban la casa en la que Trotsky vivió como exiliado. Veintiséis horas después del atentado, uno de los artífices de la revolución rusa dejaba de existir.

Han pasado ya 70 años desde que ocurrió este trágico crimen, y la enigmática figura de Trotsky no ha perdido ese brillo histórico que solo poseen los grandes hombres de nuestra era. Por el contrario, innumerables libros, ensayos, artículos periodísticos y biografías se han escrito en torno al hombre que, en 1917, protagonizó, junto con Vladimir Lenin, la Revolución de Octubre, suceso que marcó el ascenso de los bolcheviques al poder, y puso fin al régimen autocrático de los zares.

Ramón Mercader —un comunista captado y entrenado por el departamento gubernamental soviético (NKVD) para cumplir operaciones de espionaje e inteligencia— decidió acabar con la vida de Trotsky por órdenes del dictador soviético Joseph Stalin, quien, desde los años veinte, venía desatando una encarnizada persecución contra todos sus opositores políticos.

El Comercio, en su edición de la mañana del 22 de agosto de 1940, informó ampliamente sobre el asesinato que había conmocionado al mundo entero. La noticia, enviada a través de la agencia periodística United Press, decía: “A las 7 y 23 p.m. dejó de existir León Trotsky en el Hospital de la Cruz Verde como resultado de las heridas que le infiriera un hombre a quien se creía su amigo íntimo”.

Líneas abajo, en esa misma página, un periodista cuenta en qué situación se encontraba el fundador del Ejército Rojo mientras recibía atención médica: “Los médicos creen que el caso de Trotsky es desesperado, pues tiene el cerebro atravesado por el golpe de pico que le fue asestado anoche en su villa de Coyoacán (una localidad al sur de Ciudad de México).”

“En forma regular se le administra oxígeno y en algunos momentos Trotsky recuperó el conocimiento y conversó con su esposa que no se apartaba de su lecho, pero hay instantes en que parece que este segundo atentado contra su vida […] va a tener éxito”, concluía la información.

Días después, Trotsky era velado en la funeraria Alcázar de esa misma ciudad. Lo despidieron 250 mil personas. Sus restos yacen enterrados en el que fue su último refugio, hoy sede del Museo Casa León Trotsky.






Sólido legado
Trotsky, además de inquebrantable luchador social, fue un agudo analista de su tiempo. Entre sus principales aportes (solo por mencionar dos) destacan: la teoría de la revolución permanente, y su crítica a la burocracia soviética y al estalinismo. Sobre este punto, en una carta dirigida en 1929 a los obreros rusos, escribió: “La persecución rabiosa, las calumnias deshonestas y la represión del gobierno no podrán disminuir nuestra lealtad para con la Revolución de Octubre y el partido internacional de Lenin. Seguiremos fieles a ambos hasta el fin, en la cárcel estalinista y en el exilio”.

Por esos años la vena literaria de Trotsky era evidente. Sus obras cumbres, entre las que se encuentran La revolución rusa (dos tomos, de 1929 a 1932), Mi vida (1930) y La revolución permanente (1930), son una clara muestra de su culto a la prosa.

Julio Ramón Ribeyro, uno de los escritores más importantes de la literatura peruana e hispanoamericana, le dijo a su hermano en una carta de 1968: “Estoy devorando la Historia de la revolución rusa de Trotsky, que encuentro admirable. Como escritor, Trotsky me parece mil veces superior a Lenin, más elegante, penetrante y fino. Su retrato del zar Nicolás II es de antología”.
El trotskismo, de otro lado, tampoco estuvo ausente a las tendencias ideológicas locales. Según el libro “El marxismo en América Latina: antología desde 1909 hasta nuestros días”, escrito por Michael Löwy, Hugo Blanco, político de izquierda que presidió el Partido Revolucionario de Trabajadores (PTR), fue un militante trotskista que, de 1961 a 1963, “lideró uno de los mayores movimientos campesinos de masa en la historia reciente del continente”.

Asimismo, es de resaltar el trabajo del historiador peruano Gabriel García Higueras, quien en el 2005 publicó un conjunto de ensayos dedicados a la vida y obra de León Trotsky. Su obra, Trotsky en el espejo de la historia, es posiblemente uno de los estudios más exhaustivos.

La influencia de Trotsky trascendió el papel y llegó también a las pantallas de cine. En el 2009 se filmó “The Trotsky”, una comedia canadiense que relata las peripecias de un adolescente que cree ser la reencarnación del líder revolucionario. A esto se le suman los muchos homenajes que se realizan en su nombre, y de instituciones como el Centro de Estudios, Investigaciones y Publicaciones “León Trotsky” (CEIP), que buscan difundir su pensamiento.

Su legado crece y se revitaliza con el paso del tiempo. Si bien la vida de Lev Davidovich Bronstein se extinguió hace siete décadas, su espíritu, batallador y siniestro, no ha podido todavía ser aplacado.


 


(Carlos Franco Fernández)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio



Entrevista a Gabriel García Higueras : León Trotsky, La historia que pudo ser 

La casa de mi abuelo León Trotsky


Conmemorando la obra de Adam Smith




Conmemorando la obra de Adam Smith

Más allá de las críticas que han recibido sus postulados económicos, nadie puede discutir la enorme influencia de su obra dentro de la ciencia económica moderna.

Con Adam Smith nace el liberalismo económico. Influido intelectualmente entre otros por Quesnay y David Hume, Smith escribe uno de sus principales libros “Acerca de la Naturaleza y Causa de la Riqueza de las Naciones”, considerado “la Biblia” de la Economía Política.

Smith venía observando el gran incremento de la producción de bienes que vivía Inglaterra en la segunda mitad del siglo XVIII, en plena revolución industrial.

Su pregunta no difería mucho de la de fisiócratas y mercantilistas: ¿de dónde sale la riqueza de una nación? Dos conceptos aparecen como respuesta, a partir de los cuales se construye todo un programa político que ha tenido repercusiones hasta nuestros días:
•     La división del trabajo como fuente de productividad y
•     El papel del mercado

La productividad: Adam Smith sostiene que la productividad aumenta a medida que se incrementa la división del trabajo.

La productividad, considerada como la capacidad de producir una cierta cantidad de bienes con un conjunto de recursos dados, será mayor si el trabajo se divide entre especialistas que cumplan funciones definidas. Si bien no lo vamos a reproducir aquí, es famoso el ejemplo de Smith sobre la fábrica de alfileres.

A la división del trabajo, producida al interior de la fábrica, Smith la llama división técnica del trabajo.

Si se demuestra que la división técnica del trabajo puede aumentar la productividad en un establecimiento, esto también puede ser cierto para una nación entera, razonaba Smith, denominándola división social del trabajo.

Habría un ahorro de tiempo, y por ende más y mejores bienes. La riqueza de esa comunidad habrá sin duda aumentado con respecto a la de un hipotético mundo sin división del trabajo.

También debemos recordar que Smith, en su faceta de filósofo y moralista, también observaba los efectos negativos de esta hiper-especialización en el trabajo que postulaba el Smith economista: él ya notaba y se lamentaba porque el operario se transformaba en el personaje de Charles Chaplin en “Tiempos Modernos”, un ser que realizaba durante muchas horas del día la misma monótona tarea, con la consiguiente pérdida de otras capacidades de la mente por desuso.

El mercado: en la visión de Smith, aquellos bienes provenientes de la división del trabajo se deben distribuir a través del intercambio del mercado.

Existe una propensión natural a hacerlo, que proviene de las propiedades naturales del ser humano hacia “la razón y el habla”.

Los seres humanos, que han producido y tienen en su poder los bienes en los que se especializaron, se los ceden a otros no por caridad, sino porque esperan obtener un beneficio. “No esperamos nuestra cena de la benevolencia del panadero o del carnicero, no apelamos a su misericordia, sino a su interés”.

Y a través de este razonamiento Smith institucionaliza el ser humano maximizador que sería hasta nuestros días modelizado por la mayoría de los teóricos de la economía, el ser humano de la mano invisible –visión que según algunos economistas Nash habría destruido matemáticamente hace algunas décadas con su “Teoría de Juegos”-.

Según Smith, cada uno trata de obtener para sí, egoístamente, el máximo beneficio de ese intercambio.

Tratará para ello de producir los mejores bienes y de hacerlo lo más barato posible, para ganarle a sus competidores. Como todos los miembros de la comunidad harán lo mismo, el conjunto de bienes existentes aumentará el máximo del que es capaz.

Así, sin que nadie lo decida centralmente, a partir de un sinnúmero de decisiones individuales, se obtendrá un máximo u óptimo social. Y todo gracias a “la mano invisible del mercado”.
Cualquier intervención del Estado, por más bienintencionada que sea, sólo logra trabar el funcionamiento del mercado, disminuyendo el óptimo social, razonaba Smith, criticando directamente a los mercantilistas. Decía Smith que el gobierno sólo debe tener cuatro deberes:

•     La defensa contra la agresión extranjera,
•     La administración de justicia,
•     El sostenimiento de obras e instituciones públicas que no son rentables para los particulares y
•     La defensa de la propiedad privada.

También Smith diferenciaba entre valor de uso y valor de cambio de los bienes.

El primero expresa la utilidad de un objeto para quien lo usa, el segundo expresa la capacidad para comprar otros productos. Por ejemplo el agua tiene mucho valor de uso y poco de cambio, mientras que los diamantes poco valor de uso y mucho de cambio, para ilustrar el razonamiento Smith.

Finalmente Smith llega a la equivocada conclusión de que la medida real del valor de todas las mercancías es el trabajo, o sea el esfuerzo que requiere producir dicha mercancía y también el trabajo que se puede ahorrar al intercambiarla por otra mercancía.

Por lo tanto el precio de toda mercancía se compone de salarios, beneficios y renta.

La economía es ética
Thomas Piketty, el autor del best seller mundial El capital en el siglo 21, debe volver al aula para aprender economía
Jorge L. Daly
 


Adam Smith debe estar tirándose los cabellos. Bueno, así creo que lo imaginan todos los que lo exaltan por desentrañar el misterio del capital, los que en una de sus frases célebres reconocen la piedra angular de la economía de mercado: “no es de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero que esperamos nuestra cena, sino de su deseo por preservar sus propios intereses.” Nada mejor expresa los valores y comportamientos de los últimos dos siglos: el egoísmo del ser humano prima sobre su sentimiento humanitario, pero si deja que el mercado libremente opere, verá que la riqueza de las naciones aumenta. ¿Acaso no es esto lo que todos queremos? Se le llama capitalismo. 

Y si unos ganan mucho, muchísimo más que otros se debe a que el mercado, en su infinita sabiduría, sabe remunerar los aportes de cada cual a la sociedad. El señor Piketty necesita regresar a la universidad para aprender economía, punto.

O tal vez son los que se adhieren a esta lectura estrecha de Adam Smith los que deban regresar al aula. Porque el pensador escocés ante todo fue un humanista y, como tal, nunca hubiera consentido los niveles obscenos de desigualdad que Piketty expone. Más aún, quién sabe, hasta la hubiera expuesto como producto de esa caricatura que hoy pasa por libre mercado, el icono que domina la discusión escolástica y que arropa las decisiones que emanan de directorios de las grandes instituciones financieras que tiranizan la economía del mundo. Desde que hace poco más de treinta años se corporizara en las políticas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, el libre mercado es mandamiento en los textos de economía y ensalzado en los discursos de graduación, pero la verdad es que solamente existe en la imaginación de un bien pensante y en el cálculo cínico de los mandarines del mundo corporativo que lo esgrimen para perpetrar, perpetuar y legitimar sus posiciones de privilegio.

El aumento notable de la desigualdad que registra los Estados Unidos coincide precisamente con este período que ha visto “el fin de la historia” y la coronación de la ideología única del libre mercado. Y ésta, a su vez, concurre con el encumbramiento del sector financiero en la economía del país. Si importa comprobar, como lo hace Piketty, que la desigualdad se acerca los niveles escandalosos en épocas que alguna vez la pensamos superadas, es igualmente importante preguntar por las causas que la explican. Empiece echándole un vistazo a la santificación del proceso de desregulación financiera y preste atención a la manera como sus operadores hacen dinero, cada vez más alejados de las actividades productivas que solían financiar, cada vez más cerca de las apuestas especulativas en activos financieros. Son millonadas las que se embolsan y si alguna vez sale mal una apuesta, ahí está el gobierno para socorrerlos. Y qué pena que éste haya no haya contemplado ayuda efectiva a los millones que quedaron incapaces para cumplir con sus pagos de las hipotecas. En estos tiempos, sin duda, el gobierno se inclina ante los que más tienen.

Mejor decirlo sin tapujos: el gobierno de los Estados Unidos y el de países que exhiben tendencias hacia la fuerte concentración de ingresos sin voluntad política para hacerle contrapeso están al servicio del mejor postor. Al permitir la mercantilización de intangibles que no deben estar en venta, privilegian el beneficio privado en detrimento de la confianza y el interés público. ¿No le parece terrible? El asunto entonces es muchísimo más grave que el cálculo que Piketty hace para confirmar que hay pocos que se llenan los bolsillos y muchos que reciben migajas. Es más grave porque el funcionamiento del mercado está condicionado por consideraciones éticas. O mejor dicho, en este contexto, por la falta de ética. Al respecto, San Agustín se anticipó a los tiempos cuando sentenció que en mercados carentes de justicia operan bandas de ladrones. ¿Acaso no es esto evidente en los escándalos, prácticamente impunes, que permean el actuar de los grandes bancos comerciales?

Los que todavía creen que el funcionamiento del libre mercado contribuye al bien común tienen entonces mucho que responder. Mientras tanto, a la teoría que le da sustento debemos sentar en el banquillo de los acusados. Porque la ciencia económica se erige sobre la gran mentira de que los mercados son neutrales, de que no pronuncian juicios de valor, de que consideraciones éticas les son ajenas. Adam Smith y los economistas clásicos no se dejaron engañar por esta ficción. 

Infortunadamente la sabiduría de los clásicos en la actualidad no se palpa. Un economista hoy le sirve para sopesar los costos y los beneficios de todas las opciones que se le presentan y así elegir, libre y voluntariamente, aquella que le reporta la máxima utilidad. Le sirve para convencerlo de que todo en la vida tiene precio pero no para reflexionar si las opciones son correctas o no lo son, si proponen el bien o lo que no está bien. Menos le sirve para sopesar el impacto de sus decisiones en la sociedad en su conjunto, en la manera como gravitan sobre la dignidad de los seres humanos. En suma, sobre lo que nunca debe tener precio.

Sí, Adam Smith debe estar revolcándose en su tumba, pero creo que por constatar cuánto se ha apartado la teoría que él fundó de la ética. O quizás de felicidad por el promisorio aporte de Piketty. La desigualdad importa por su relevancia para los tiempos que vivimos, como también la pobreza, la ignorancia, la concentración y manipulación de los mercados financieros o la captura de gobiernos por grupos privados. Y en todos estos temas la ética importa, ¿no le parece?

Sobre “El capital”, de Thomas Piketty (1) 



Hace ya mucho tiempo, un profesor de bachillerato nos dijo que, en la vida, no hay tiempo para leer los buenos libros.
Por: Santiago Montenegro

 “Solo queda tiempo para leer los mejores”, argumentó. Por eso, siempre hay que mirar con escepticismo las alabanzas que se vierten sobre algunos libros nuevos, pues, en la mayoría de los casos, las modas y los presupuestos de promoción se agotan pronto y entran en el olvido.

Este no es el caso de El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty. Más allá de las reseñas de opinión, de su celebridad en los medios de comunicación y el número de volúmenes vendidos, sorprende el flujo de artículos académicos que siguen apareciendo en las revistas académicas y en las redes científicas especializadas. Unos a favor, la mayoría controvirtiendo sus cifras y tesis, este libro ha conmocionado, no sólo la disciplina de la economía, sino las ciencias sociales y la discusión política en el mundo entero.

Por los debates y las investigaciones que ha propiciado, entonces, es obligatorio leerlo y es también un buen candidato a entrar en la lista de “los mejores”, a pesar de que estemos a favor o en contra de sus controversiales análisis y conclusiones. Piketty estudia lo que define como la extrema concentración de la propiedad del capital y de los ingresos, que observa en los países más desarrollados del mundo a comienzos del siglo XXI. Según él, el capital, medido como porcentaje del ingreso nacional, ha vuelto a lograr los niveles exageradamente elevados que alcanzó hasta la Primera Guerra Mundial. Pero desde las primeras páginas aclara que su propósito no es estimular un proceso de lucha de clases entre trabajadores y propietarios, sino discutir cuál podría ser una adecuada distribución entre capital y trabajo y, así, ayudar a construir una sociedad más justa, en el marco del Estado de derecho, con reglas que se conocen por adelantado y son democráticamente debatidas.

Para llegar a sus propuestas de política y de reformas, Piketty comienza con un paciente análisis de los conceptos de ingreso y capital y de su dinámica histórica en las partes I y II, para tratar la estructura de las desigualdades en la parte III y sus propuestas de política en la parte IV.

Pero, más allá de estos argumentos sobre la concentración del capital y del ingreso, quiero comenzar resaltando que el autor está planteando una verdadera revolución de la economía y de las ciencias sociales. En primer lugar, reivindica como categorías de análisis conceptos agregados, como capital y trabajo, contrario a la economía ortodoxa, que construye su andamiaje teórico sobre un “agente representativo”, que siempre intenta maximizar su bienestar. Segundo, sus categorías son históricas y, en un esfuerzo laborioso, las cuantifica desde el siglo XVIII para analizar sus tendencias de muy largo plazo. Finalmente, como sus grandes padres intelectuales, Ricardo y Marx, con esta obra Piketty reivindica la disciplina de la economía como un componente más de la filosofía política. 

Curiosamente, no le da crédito a Adam Smith, el más influyente de los filósofos políticos y quien vería con tanto o más horror muchos desarrollos de la economía contemporánea.

Pero, sobre la naturaleza de las ciencias económicas, solo el tiempo dirá si Piketty saldrá triunfante o no de esta revolución.

jueves, 14 de julio de 2016

TEORÍA DEL CONFLICTO: Ralf Dahrendorf, Lewis Coser



TEORÍA DEL CONFLICTO



TEORÍA DEL CONFLICTO


 La teoría del conflicto es una de las grandes escuelas de la teoría sociológica moderna, es considerada como desarrollo que se produjo en reacción a la estática del funcionalismo estructural. Durante las décadas de 1950 y 1960 la teoría del conflicto proporcionó una alternativa al funcionalismo estructural, pero ha sido superada recientemente por las teorías neomarxianas. La teoría del conflicto está íntimamente vinculada a la teoría de los juegos y a los estudios y escuelas sobre negociación.

Generalmente se ofrecen diferentes definiciones de "conflicto social", diferencias que llaman nuestra atención a aspectos complementarios del concepto: Por ejemplo, la de Stephen Robbins: “Un proceso que se  inicia cuando una parte percibe que otra la ha afectado de manera negativa o que está a punto de afectar de manera negativa, alguno de sus intereses” y la de Lewis A. Coser para quien el conflicto social es una lucha por los valores y por el estatus, el poder y los recursos escasos, en el curso de la cual los oponentes desean neutralizar, dañar o eliminar a sus rivales. Un conflicto será social cuando transciende lo individual y proceda de la propia estructura de la sociedad.


Los antecedentes iniciales de la teoría del conflicto se remontan a las regiones de China, Grecia y la India. Importantes autores como Sun Zu, Heráclito, Ibn Khaldun, Miyamoto, y en la modernidad Maquiavelo, y Bodino, sentaron las bases teóricas de esta importante perspectiva social. 

Para su estudio, se puede considerar:
Primero, las raíces de la teoría del conflicto.

Segundo, las posturas clásicas: Kaldún, Nicolás Maquiavelo, Karl Marx, Karl Von Clawsewitz, Thomas Hobbes, Georges Simmel, Lewis Coser y Henry Kissinger.
Tercero, las posturas contemporáneas con las tesis de: Louis Kriesberg, Lewis Coser, Herbert Marcuse, Erick Fromm, Randall Collins, Georges Balandier y Elton McNeil.
Y cuarto, los más importantes temas que esta teoría ha generado como: los costos de la violencia política, social, el terrorismo, la guerra, la geopolítica y la globalización.

EL PENSAMIENTO GRIEGO
Remitiéndonos a los principios, en la filosofía griega se dedicó gran parte del pensamiento al estudio de la naturaleza humana debido, entre otras cosas, a que existía la tendencia a concebir al ser humano como el centro de la creación, capaz de actuar racional y éticamente por naturaleza.

Esta interpretación fue, entonces, una de las causas del desarrollo de los extraordinarios manuscritos de carácter antropológico de la época. Los filósofos presocráticos, los sofistas, Sócrates, Platón, Aristóteles... y muchos más, todos tuvieron alguna cosa que decirnos sobre el ser humano y, entre sus pensamientos, encontramos hoy en día ciertas doctrinas que nos permiten fundamentar la relación entre conflicto, complejidad y naturaleza humana que en estas páginas se plantea.

Heráclito es el presocrático por excelencia que no podemos dejar de mencionar por la defensa a ultranza del conflicto que en su escuela proyecta, así como de la guerra que llega a identificarla como el padre de todas las cosas.

Su filosofía se podría resumir con la famosa sentencia suya que aparece, por ejemplo, en el Crátilo de Platón, 402, y que dice:

 [...] que todo se mueve y nada permanece, y, comparando las cosas con la corriente de un río, dice que en el mismo río no nos bañamos dos veces».
 
Este juicio es el que le lleva, también, a afirmar que 

[...] todas las cosas se hallan en perpetuo flujo y cambio; en ninguna parte del universo se podrá encontrar en reposo eterno, la estabilidad inmutable. Y no sólo hay en él perpetuo cambio; sino también perpetuo conflicto.
 
El carácter permanente que Heráclito otorga al conflicto es el que nos lleva a interpretarlo en su pensamiento como un aspecto inherente de las relaciones sociales y de la naturaleza humana, pues él mismo es quien señala al choque de los opuestos como la verdadera condición de la vida, siendo este contraste, este choque de opuestos y, con ello, decimos, evidentemente, el conflicto la única armonía posible.

Así mismo, aparece en la Ética Nicomaquea de Aristóteles, VIII 2, 1155b, donde se escribe
“[...] lo opuesto concuerda y que de las cosas discordantes surge la más bella armonía”, “y que todo sucede según discordia”.

Sin embargo, hay que decir, al mismo tiempo, que Heráclito ideó un principio inmanente de orden y medida para gobernar ese mundo de caos, complejidad y conflicto, y que no fuese, por el contrario, un simple caos.  

Esta misma presencia del conflicto y de la complejidad en la naturaleza humana se encuentra en otros pensadores clásicos de la época como, por ejemplo, Platón, quien ya hace patente el carácter conflictivo de la naturaleza humana desde la misma división que plantea del alma humana en tres partes.
  
En el diálogo el Fedro nos habla de la parte racional del alma ligada a la racionalidad, de la parte irascible en la que se da la valentía y de la parte apetitiva donde se hallan los deseos corporales. A partir de esta división, Platón caracteriza al ser hu-mano justo como aquel en el que tiene lugar un equilibrio entre las tres partes del alma, como aquel en el que de forma armónica se dan los deseos corporales y la valentía, aunque siempre supervisados por la racionalidad, que seguirá teniendo una cierta superioridad respecto a las otras dos partes

Esta partición en tres puede ser una buena muestra de los conflictos internos que vivimos las personas, pues ni que decir tiene que son muchas las ocasiones en las que, por ejemplo, no coincide lo que nos dice nuestra racionalidad y nuestra apeten-cia, y es ahí donde surge el conflicto, donde mana el no saber qué hacer.

Platón es muy lúcido al diseñar esta teoría porque dejó entrever esos conflictos más internos que diariamente sacuden a las personas y que no sólo son muestra de la estrecha relación entre conflicto y naturaleza humana, sino también de la compleji-dad de esa misma naturaleza.

La misma justicia en armonía que Platón piensa respecto a la naturaleza humana la extrapola al plano social donde nos habla de tres estamentos sociales que vendrían a equivaler a las tres partes del alma. En la República caracteriza a los filósofos, a los guardianes y a los trabajadores, de tal manera que, nuevamente, se hace patente los posibles conflictos entre estas tres clases sociales.

Sin embargo, Platón no sólo nos señala en su doctrina a los conflictos internos y a los conflictos dentro de un estado, sino también a los conflictos entre estados. Tanto es así que en Las Leyes afirma que todas las ciudades están en un estado de guerra por naturaleza, que todos los hombres son enemigos de todos los hombres y que una misma persona es enemiga de sí misma. 

De ahí, la necesidad de crear estados que enseñen a los y las ciudadanas a convivir, aunque y a pesar de esta creación, dice Platón que la guerra sucederá inevitablemen-te.

Una interpretación bien diferente a la platónica se encuentra en Aristóteles quien define al ser humano como un ser naturalmente social y como un animal político, que viene a decir que el ser humano no se basta a sí mismo, sino que necesita de un semejante para vivir.

Tanto es así que: 


 “[...] la ciudad es el marco dentro del cual se puede realizar, gracias a la independencia que ella asegura, el ideal de una vida humana perfecta; es ella el ambiente en que el hombre puede alcanzar su felicidad mediante el ejercicio de la virtud, en el respeto a la justicia”. 

Por lo tanto, la guerra no se convierte en el ideal de ningún estado, sino que sólo se justifica por su finalidad que no es otra más que la paz.

Esta necesidad que los seres humanos tienen de sus semejantes según Aristóteles se encuentra, también, a nivel interno, cuando analiza la dualidad alma-cuerpo y afirma que no existe tal dualidad, sino más bien una fuerte solidaridad entre las dos que las hace comprenderse y reconocerse.   

El pensamiento aristotélico es una buena muestra de esa visión más positiva de los conflictos.

Cuando Aristóteles nos dice que el ser humano es un ser social o cuando habla de la solidaridad alma-cuerpo no creo que esté negando la existencia de los conflictos, sino, más bien, que da muestra de las alternativas más solidarias que el ser humano tiene para afrontarlos, ya sea referido a los conflictos más internos o a los de un ca-rácter social.

PENSAMIENTO CONTEMPORANEO

 En cuanto a la Teoría el diccionario la define como: “Conocimiento especulativo considerado con independencia de toda aplicación; Hipótesis cuyas consecuencias se aplican a toda una ciencia o a parte muy importante de ella”.
 
Freund  define al conflicto como: “Un enfrentamiento, choque o desacuerdo intencional entre dos grupos o entes de la misma especie que manifiestan, uno respecto de los otros, una intención hostil, en general a propósito de un derecho y quienes, por mantener, afirmar o restablecer el derecho intentar quebrar la resistencia del otro, eventual-mente recurriendo a la violencia”.
 
Coser señala que el conflicto es: “Una lucha con respecto a valores y derechos sobre Estados, poderes y recursos escasos, lucha en la cual el propósito es neutralizar, dañar o eliminar a los rivales”, puede decirse entonces que el autor busca analizar las funcio-nes del conflicto social no solamente desde el punto de vista disociador, sino también integrador (o desintegrador) de la sociedad.




Dahrendorf señala que el conflicto es el motor de la historia, es lo que mantiene el desarrollo de la sociedad. Este conflicto, para ser socialmente relevante se manifiesta más allá de las relaciones individuales. Encuentra su ámbito de desarrollo entre los roles sociales, entre grupos sociales, entre sectores de la sociedad, entre sociedades y entre organizaciones supranacionales.
 
Al revisar la obra de Marx, Dahrendorf centra su preocupación en el estudio de las fuentes estructurales de los conflictos y, en contra de lo que afirmaba Marx, descu-bre que la fuente estructural primera de los mismos no se halla en la desigual distri-bución de la propiedad, sino en la desigual distribución del poder entre personas y entre grupos. A ello lo denomina “distribución dicotómica de la autoridad”.

 


En esta dicotomía el conflicto es inevitable entre quienes pretenden mantener el orden (dominadores) y quienes desean subvertirlo (dominados), consecuentemente, la afirmación de que la autoridad es el elemento estructural, esencial de la organización social, permite al sociólogo alemán asegurar que ésta es la que provoca el conflicto persistente que, a su vez, reestructura la misma sociedad de la que surgen nuevos conflictos.
 
Para Bobbio el conflicto es una forma de interacción entre individuos, grupos, orga-nizaciones y colectividades que implica enfrentamientos por el acceso a recursos escasos y su distribución. Sostiene que, sin embargo, una vez admitido lo anterior, surgen de inmediato diferencias y divergencias respecto a la mayor parte de pro-blemas vinculados al concepto de conflicto y su utilización.
 
Se ha expresado que el objetivo del conflicto es el control de los escasos recursos, los cuales se presentan bajo formas de poder, riqueza y prestigio; por lo tanto, según los tipos de conflictos se podrán establecer otros recursos o especificarlos mejor. Por ejemplo, en los casos de conflictos internacionales, un recurso importante es el territorio; en los casos de conflictos políticos un recurso codiciado es el control de los cargos en competencia; y en el caso de conflictos industriales, los recursos en juego son las relaciones de autoridad y de mando.
 
Los conflictos son de diversos tipos y pueden situarse en diversos niveles, situación que aconseja a no centrar la atención en algunos tipos de conflictos, olvidando los conflictos étnicos, internacionales políticos, etc. Algunos tratadistas revelan que los conflictos pueden distinguirse entre sí por algunas características objetivas, entre las que sugieren a:

•    Dimensión.- Cuando el indicador utilizado está constituido por el número de participantes, ya sea de manera absoluta o relativamente a la representación de participantes potenciales.
•    Intensidad.- Puede medirse por el grado de compromiso de los participan-tes, según su disposición a mantenerse firme a ultranza o a entrar en tratos en cuanto sea posible.
•    Objetivos.- No es fácil distinguir los conflictos sobre la base de sus objetivos si no se cuenta con una verdadera y propia teoría que, según se sabe, no exis-te. Lo que se puede hacer es comprender y analizar los conflictos de los obje-tivos sólo gracias a una profundización
en el conocimiento de la sociedad concreta en la que surgen y se manifiestan los diversos conflictos.
 

 ANTECEDENTES.

 Muchos de los primeros conflictos violentos de los que se tiene noticia en la historia de la humanidad, han sido por los motivos que hoy se conocen como económicos: posesión de recursos (tierras, ganados, agua) apropiación de bienes y personas (es-clavos, mujeres) y satisfacción de otras necesidades de subsistencia de las socieda-des. Las guerras comerciales y coloniales, que a fines del siglo XIX llegaron a abarcar todo el planeta, son la genuina expresión de máximo nivel de violencia al que se llegó por motivos económicos.
 
Algunos siglos antes, esa violencia era ya perceptible en los conflictos originados sobre las rutas comerciales que unían a Europa con el oriente asiático e incluso las guerras púnicas, que afectaron a España. Estos conflictos fueron una clara expresión del antagonismo comercial que enfrentó a Roma con Cartago.
 
Los conflictos étnicos son también tan antiguos como la humanidad. En esos tiempos era frecuente que unos grupos sometieran a otros a la esclavitud, para utilizar su fuerza de trabajo o incluso para combatir a su servicio. En la actualidad este tipo de conflicto se extiende sobre todo el mundo y se expresa en el rechazo de unos pueblos a ser dominados por otros que consideran ajenos a su identidad.
 
Cedeño nos refiere que en la doctrina cristiana hay un antecedente remoto que po-dría ser el primer conflicto: “En el principio de la creación Dios hizo a los ángeles y arcángeles, llenos de belleza y perfección espiritual, entre ellos, el más bello -como su nombre lo indica- fue Luzbel (Luz bella o lucero del amanecer). Este se envaneció de su belleza y perfección y se creyó superior a los demás y con igual perfección que su creador, rebelándose contra Él y pretendiendo disputar la supremacía espiritual. Dios encomen-dó, entonces al Arcángel San Miguel para que luchase con este rebelde en nombre de Él concediéndole todos Sus poderes. Y hubo un combate en los cielos en el cual salió victo-rioso el Arcángel San Miguel, desterrando a los “infiernos eternos” al Arcángel caído Luzbel que más tarde fue conocido como Satanás (adversario) o el Diablo (ser malo)”.Este “conflicto de la igualdad de los derechos” es a no dudarlo, el que más problemas sociales ha causado en la historia de la humanidad. 
 
Otro antecedente antiguo es aquel que supuestamente aconteció en el llamado paraíso terrenal a breves estadas de la creación, cuando la serpiente tentó a los primeros humanos, Adán y Eva, a que comieran la fruta del “árbol prohibido”. 


Cedeño nos advierte que el problema trascendental no radica en el análisis del rol de la serpiente, sino en el dilema de obedecer o desobedecer el mandato de la prohibición puesta en boca de Dios. La obediencia inevitablemente nos hubiera sentenciado a la igno-rancia, mientras que la desobediencia nos condujo al conocimiento de la diversidad de la creación. 
 
Un relato de un primer estallido social, que ahora es leyenda, sucedió en Roma en el año 494 AC. Se reseña que un Cónsul se encontraba reclutando hombres para luchar contra los Volscos, cuando un fornido hombre se sube a una tarima y relata sobre su vida dedicada a Roma por más de 30 batallas que, al volver de la guerra, sus propiedades habían sido arrebatadas, por lo que terminaba abandonado y como esclavo. La población que escuchaba sintió un gran rencor por lo sucedido y, tras varias revueltas y levantamientos decide hacer una seccesio (una especie de retiro pacífico) y refugiarse en una colina cercana a la ciudad de Roma.

Se cree que la historia no sea cierta, pero se afirma que por esas fechas ocurrió un estallido social que llevó a Roma a una gran crisis y levantamiento social. Lo más probable es que el estallido se diera a manera de una huelga social masiva que obli-gó a los Patricios a negociar, para lo cual enviaron a Menenio Agripa, embajador de mucho carisma, quien no tuvo éxitos. 

Frente a ello, el Senado toma la decisión de cancelar las deudas contraídas por los plebeyos y libera a los esclavos, concediéndo-se a la plebe el derecho de elegir a sus propios magistrados: Los Tribunos de la Plebe, cuya misión sería la de proteger a los plebeyos y velar por sus derechos.
 

 TEORIA DEL CONFLICTO.

 En épocas más recientes (1950), surgen una serie de estudios y teorías centrados en el conflicto social, como fenómeno genérico. Para los especialistas, la Teoría del Conflicto está referida a una serie de estudios e investigaciones diversas, no siste-matizadas. Esta corriente se inicia con la publicación en 1954 de “The Functions of Social Conflict” del norteamericano Lewis Coser, quien es generalmente considera-do como el iniciador moderno del estudio del conflicto. 



A partir de esa fecha, se pu-blican algunas obras y estudios concernientes a los conflictos:

•    1956: Max Gluckman, “Custom and conflict in Africa”.
•    1959: Ralf Dahrendorf, “Class and class conflict in industrial society”.
•    1960: Thomas Schelling, “Strategy of Conflict”.
•    1962: Kenneth Boulding, “Conflict and Defense: a general theory”.
•    1975: Randall Collins, “Conflict Sociology: towards an explanatory science”.
•    1975: Louis Kriesberg, “Sociología de los conflictos sociales”.
•    1983: Julien Freund, “Sociologie du Conflit”.
 
Antes de la aparición de la Teoría, el conflicto era visto básicamente como una patología social, o como el síntoma de una patología social. La sociedad perfecta era vista como una sociedad sin conflictos y todas las utopías sociales sostenían la necesidad de constituir un modelo de sociedad sin conflictos, de pura cooperación. Con la Teoría del Conflicto se reevalúa la connotación negativa tradicional y se postula el con-flicto social como un mecanismo de innovación y cambio social
 
Cuando los sociólogos han querido delimitar este tipo de fenómenos sociales con respecto a otros, no siempre han recurrido a la palabra conflicto, aunque luego se impuso como tecnicismo sociológico. Max Weber utilizó la palabra alemana Streit que sus traductores han determinado como “lucha” en la siguiente definición:
 
“Debe entenderse que una relación social es de lucha cuando la acción se orienta por el propósito de imponer la propia voluntad contra la resistencia de la otra u otras partes. Se denominan pacíficos aquellos medios de lucha en los que no hay una violencia física efectiva. La lucha pacífica llamase competencia cuando trata de la adquisición formal-mente pacífica de un poder de disposición propio sobre probabilidades deseadas también por otros” 
 
Algunos sociólogos han pretendido estudiar los conflictos en general, como forma de interacción social, con independencia de su contenido, habiendo sido importante la obra de Georg Simmel, para quien el objeto de la sociología es el estudio de las for-mas según las cuales se asocian los hombres que, para él, son las mismas aunque varíen las actividades o los contenidos.
 
Simmel formuló las siguientes proposiciones como válidas para todos los conflictos:
•    El conflicto es una forma esencial y universal de sociedad, complementaria de la integración o la armonía. Las sociedades requieren una cierta proporción de atracción y repulsión, de armonía y desarmonía, de cooperación y de com-petencia. Un grupo completamente armonioso no sólo sería imposible desde el punto de vista empírico, sino que carecería de vida y estructura.

•    Podemos clasificar los grupos por el grado de conflicto en ellos. Hay relacio-nes que son puros conflictos, en la que se carece por completo de cual-quier  factor de unidad.
•    El tercer miembro de una triada puede adoptar tres funciones posibles cuando los otros dos entran en conflicto: mediador, tertium gaudens y divide et  impera.
•    Los conflictos por causas impersonales son más agudos que los conflictos por intereses personales, pues quien está dispuesto a sacrificar sus intereses por un ideal se encuentra justificado para sacrificar cualquier otra cosa.
•    El conflicto modifica la estructura de los  grupos que participan en él, provo-cando en muchas ocasiones, una mayor unidad y cohesión y favoreciendo la centralización de los medios y el poder del gobierno
•    Los conflictos suelen terminar de tres formas principales: victoria, compromiso y conciliación. Los dos primeros son objetivos, la conciliación, subjetiva.

 
Coser, continuando con la obra de Simmel, puso de relieve la importancia del conflicto para el funcionamiento de las sociedades. A diferencia de Simmel, quien veía la vida social como una dialéctica de conflictos, Coser se esfuerza por distinguir y sub-rayar las consecuencias positivas –funciones- del conflicto para la vida de los grupos.
 
Mientras Simmel había hablado del conflicto por el conflicto, Coser prolonga su re-flexión distinguiendo entre conflictos auténticos y conflictos inauténticos. Los conflic-tos que se plantean como único objeto la descarga agresiva, cuyo ejemplo extremo es el juego, no deben considerarse auténticos conflictos. Estos tienen objetos externos a ellos, son conflictos por el poder, la riqueza, el estatus, etc., y se caracterizan porque se les puede encontrar alternativas funcionales en los medios, esto es, porque hay procedimientos distintos del conflicto para lograr los mismos fines.
 
En donde coinciden en que las luchas por causas nobles (ciencia, patria, religión) suelen ser más agudas y enconadas que las luchas por simples intereses personales. Coser también profundiza y prolonga los análisis de Simmel en sus estudios de las funciones sociales de la violencia, siendo una la de servir de señal de peligro a los ciudadanos y a los gobiernos.
 
De acuerdo a la dinámica de los conflictos se observa que existen muchos rasgos comunes entre los teóricos formales del conflicto, entre los que se puede señalar que los orígenes de los conflictos son variados, distinguiendo tres tipos principales:

•    Los conflictos de escasez, que surgen porque los actores (individuos o gru-pos) se disputan la posesión o uso de un valor escaso o compartido.
•    Los conflictos por desacuerdo, en lo que los actores (que suelen pertenecer a un mismo grupo) disputan acerca de la manera de hacer las cosas, es decir, acerca de cómo y para qué usar los medios del grupo.
•    Los conflictos por injusticia, en los que una de las partes piensa que la otra le debe algo que es suyo.
 
Zipper anota que Coser en su obra “Las funciones del conflicto social”, comienza analizando a varios sociólogos contemporáneos señalando que su preocupación se ha orientado fundamentalmente a probar su negatividad, siendo por tanto una visión reduccionista. En esa obra y en “Nuevos aportes a la Teoría del Conflicto Social” dedica su atención a elaborar acerca de las funciones positivas del conflicto para la sociedad. Reconoce la existencia de un impulso de hostilidad primaria de los hom-bres entre sí, pero ese sólo sentimiento es incapaz de explicar por sí el conflicto social.
 
Sostiene que el conflicto social pertenece a la dimensión sociológica antes que a la psicológica y que por lo tanto es un fenómeno objetivo: “Las actitudes hostiles son predisposiciones a desplegar formas conflictivas de una conducta; por el contrario, el conflicto es siempre una transacción”.



Uno de los sociólogos que se encargó de reformular la Teoría de los Conflictos Sociales fue Dahrendorf , quien elaboró un modelo teórico que explica la formación de grupos de conflicto y su acción social para la integración mediante los necesarios cambios de estructura en la sociedad.

Teoría del conflicto

Qué se entiende por FILOSOFÍA POLÍTICA. BITÁCORA DE P. CAYETANO ACUÑA. 21.06.2026.

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